Prólogos 2

En 2014 la Biblioteca Nacional inaugura en el tesoro una muestra de fotos, dibujos e ilustraciones eróticas y/o pornográficas, y edita un catálogo con texto de Horacio González y  Liliana Lukin.
La  autora lee poemas de retórica erótica y presenta José Emilio Burucúa.


Libros de tapas enteladas, en cuero, repujadas, impresas en papel marmolado, que al abrirse ya revelan el peso del diseño, revistas de papeles satinados, gruesos al tacto, suaves, encontrados entre ediciones cuidadosamente guardadas, colecciones cuyo atractivo no son sólo lo que se reproduce, sino su pertenencia al universo del lujo de imprentas y editoriales que privilegian las texturas de un cuerpo.
Lo que allí se publica ya no sorprende, pero produce un placer que juzgaríamos parecido en todas las épocas, y que se duplica en los efectos de lo reproducido: mujeres desnudas, cabellos, suavidades apenas veladas, gasas, brocatos, densos terciopelos, satén, dorado en los disfraces,. Acostadas, de pie, caídas, ofreciendo volumen y concavidades, pliegues, encajes, son fotos de estudio, grabados, delicadas ilustraciones, que escenifican el cuerpo femenino o el cuerpo del deseo.
Cada vez, en cada “cuadro”, neutra, ambigua en su significar simbólico, donde todo sentido está ya atribuido, ella nunca está desnuda tal cual es, ella está desnuda como el espectador la ve. Y sin embargo, desde su congelado en la eternidad de un movimiento, esas imágenes logran convertir en vestido la superficie de la propia piel y hacen caer los velos, los párpados, las ajorcas de exotismo que las ungen esclavas, y con que todo erotismo las rodea.
Dice John Berger “Los hombres miran a las mujeres. Las mujeres se contemplan a sí mismas mientras son miradas. (…) El supervisor que lleva la mujer dentro de sí es masculino : la supervisada es femenina. Kennet Clark diferencia entre desnudez (nakedness), estar sin ropa, y desnudo (nudity), una forma de arte, un modo de ver propio del cuadro o la fotografía, fuertemente convencionalizado por la tradición. La desnudez se revela a sí misma, el desnudo se exhibe”.
En esta exhibición se puede ver cómo la mudez del grabado, de la fotografía, del dibujo, instala una y otra vez el enigma primigenio, que en la frontera entre lo real fotografiado y el cuerpo femenino por un lado, y el símbolo y el mito por el otro, dice lo que la cultura ha prohibido decir. Por eso, el conjunto de imágenes, bajo una apariencia de serenidad y referencia sexual que atrae al otro, masculino o femenino, está habitado por una violencia secreta.
Suscitar la narración, construir la sugerencia, es el tejido formal de esta historia inmemorial, simple, y cuyo eco será el sonido de la inquietud que la “aparición” provoca: veremos series de lo Mismo, cada vez diferentes, pero iguales en el fenómeno del vértigo con que nos llevan hacia sí: a mirar, a mirarlas mirar hacia ese fuera de escena que somos. Si la estética se puede considerar como una teoría de la sensación, estas figuras están situadas en la aparente soledad de un cuerpo que se piensa a sí mismo, allí donde se ofreció siempre una imagen que no tiene que ver con su propia sexualidad, sino con la del espectador (para quien “se” posa). Así, escribe Klossowski, “Ciertamente, cuando Diana invisible observa cómo Acteón se la imagina, piensa en su propio cuerpo, pero ese cuerpo en el que va a manifestarse a sí misma lo toma de la imaginación de Acteón”.
Por eso, quiero situar la muestra en un lugar dudoso: la de crear un sentido para lo que no se sabe qué es. Eso que al espectador provoca una sonrisa involuntaria, eso que no se sacia con rápidas miradas a la composición, lo provocado, es lo impronunciable: los rostros, las líneas de una carne retratada en su finitud que se vuelve infinita, son objeto de una invención pura, pero proceden de nuestro imaginario y a la vez, lo crean.
La ficción del autor provee una materia, la mirada del Otro atribuirá ideas, deseos, dolor, pondrá intención a un gesto, a una pose, motivos al modo de un yacer, precio a la ofrenda, “más allá del pudor”, como quería Nietzche.
Diosa Blanca, Amante Invisible, Virgen, Bacante, Mujer Fatal, todas ellas son el fantasma que recorre lo que se ve. Tal vez la verdadera transgresión, imagino que nos dicen desde el papel, sería lograr sobre el desnudo (sobre la convención de lo deseable), la verdad de la desnudez, eso vivo que no es arte, ni instrumento, que no está allí, sino fuera de lugar, siempre: fantasmas.

Liliana Lukin