Prólogos 1

Prólogo de “Qué piensan los que piensan”, edición del Encuentro que reunió a H. González, G. García, R. Forster, I. Lewkovich y D. Tatián. Prólogo a edición fascimilar de Una sociedad colonial avanzada», de L.F.Noé (editado en 1971 por Ed.de la Flor), Asunto Impreso Ediciones.
1999 y 2000. Prólogo y selección de textos de Una Buenos Aires de novela I y II, Ed.Sudamericana


Lliana Lukin

Una Buenos Aires de novela

Una selección de fragmentos, que abarca nada menos que la novelística argentina desde mediados del siglo XIX hasta comienzos de los años sesenta (con algunas excepciones a la regla: cómo, si no, incorporar a Jorge Luis Borges), incurre en más de una exclusión injusta, como se dice frecuentemente cuando se realiza una antología.
Muchos autores, nombres tentadores que hubiéramos querido incluir, han quedado relegados a consecuencia de que sus referencias a la ciudad eran más bien tangenciales. Buenos Aires no aparecía en ellos como el escenario privilegiado que requeríamos.
El motivo que nos llevó a fijar el término de la antología en el año 1963, fecha de la publicación de Rayuela, y no continuarla con autores de las nuevas generaciones -salvo unos pocos como David Viñas, Marta Lynch y Andrés Rivera- es que hemos considerado que con Julio Cortázar se densifica y se cierra una ciudad y una literatura, y su escritura, llamada por aquel entonces experimental, abre caminos para una más próxima. Con él, ciertos mitos de Buenos Aires, ciertas formas de representación de la ciudad y su lenguaje, se clausuran. Se podría quizá arriesgar que en los años sesenta comienza una representación de la ciudad alejada ya de los diálogos que la novela hasta entonces había mantenido. Piénsese, por ejemplo, en esa ciudad vista desde los grandes ventanales del departamento del coronel, en Esa mujer, de Rodolfo Walsh:

Miro la calle. “Coca” dice el letrero, plata sobre rojo. “Cola” dice el letrero, plata sobre rojo. La pupila inmensa crece, círculo rojo tras concéntrico círculo rojo, invadiendo la noche, la ciudad, el mundo.

El límite de la representación de Buenos Aires quedó entonces en manos de un autor que pudo tender un puente, como el famoso tablón entre las ventanas de Oliveira y los Traveler de Rayuela, entre una ciudad perdiéndose y otra que ya muestra sus brotes: aquella roja y plata (¿una Buenos Aires pop?).
Ahora bien, nuestra Buenos Aires, que es caprichosa -toda antología es una mezcla de terquedad, arbitrariedad y extrañeza: ¡Caprichosa Buenos Aires!- fue marcando con paso firme los temas de su representación: el torbellino de la ciudad en continua transformación (“el barullo de la colmena”, dice Sicardi), la xenofobia (baste estar atento a las palabras de Antonio Argerich en ¿Inocentes o culpables?: Al salir del Hotel de Inmigrantes se juntó con una manada de compañeros que seguían la vía pública por mitad de la calle), las trapisondas y la violencia políticas, la mala vida…
El fragmento exige una lectura que no atienda a la consecución de la narración o la intriga, sino a la fuerza dramática o pictórica. Rescatar, subrayar y recordar ese viaje en tren de Balder, en El amor brujo –“Me acuerdo de haber repetido itinerarios de Los siete locos, y admirado la minuciosa reconstrucción del viaje en tren de Retiro al Tigre que inicia El amor brujo”, escribe Julio Cortázar•-; a Tartarín Moreira estrolando al canillita contra la puerta del café, en La ciudad de los locos; el escenario elegido por Emma Zunz para cumplir su destino de justicia; el velorio de la Nucha a quien le tiran un poco de aquel polvo blanco en sus labios para que muera en su ley, en Camas por un $1; al Profesor Landormy paseando del bracete con su casi igual Lejeune que lleva pendiendo de su meñique izquierdo el paquete de dulces de la Confitería Ideal, en Historia funanbulesca del profesor Landormy; al narrador receloso que observa la sonrisa nerviosa de Bioy Casares desde que, dice, es un literato, en El miserable amor; por último, y para que esta enumeración no se vuelva tediosa, tanto las escenas rabelaisianas del comienzo como el feroz episodio final de El matadero, es un repaso que procura perplejidad, goce y añoranza.
Sin embargo, cómo no echar de menos la escena de la matanza del caballo en El sueño de los héroes (aunque, bien se podría pensar, en este caso, en un deslizamiento -la obstinación de una presencia- cuando la narradora de “Autobiografía de Irene”, escribe: Frente al Hotel del Jardín vi la agonía de un caballo que parecía de barro (las moscas y un hombre con un látigo lo vejaban); o volver a escuchar la voz de Emma, cuando dice: El señor Loewenthal me hizo venir con el pretexto de la huelga… Abusó de mí, lo maté; o el tan mentado y siempre certero Rajá, turrito, rajá, salido de la boca de Ergueta; que, por razones de orden práctico, tuvieron que quedar fuera.
Los textos se han ordenado bajo títulos que sugieren una lectura posible: así, en Pampa bárbara -la gran Aliteración nacional-, se reúnen fragmentos referidos a la célebre Barbarie decimonónica, a la representación de la ciudad antes de convertirse en cosmopolita -la gran aldea- y a la peculiaridad -menos evidente hoy, pero significativa en los textos recogidos aquí- de la convivencia de ciudad y pampa. En 1945, Florencio Escardó escribía en Geografía de Buenos Aires•:

[La] proximidad tremenda de la ciudad con la pampa es significativa y aleccionadora, y tal vez el rasgo más típico de Buenos Aires, ciudad de llanura. Para alcanzarla le basta al habitante de Buenos Aires seguir la avenida Sáenz y antes de llegar al viejo puente Alsina, hoy el teatral y barroco puente Uriburu, doblar a su derecha, tomando la avenida Coronel Roca; a las diez cuadras de recorrerla el fenómeno es impresionante: van quedando atrás las casas modestas del arrabal neopompeyano y se viene sobre los ojos la pampa misma, típica, inmensa e intensa, virgen; sin sembrados, sin huellas; con bañados, con lagunas, con espadañas, con pasto y con horizonte; a la derecha se levanta el macizo de árboles del Cementerio de Flores y a lo lejos el perfil de la ciudad brumoso y humoso, y entre él y el observador los bañados de Pereyra, libres de toda mácula civilizadora, salvo alguno que otro horno de ladrillos, con ranchos y casas de adobe, con el Puesto del Carro, la Pulpería de la Banderita y una aguda sensación de orilla sin orillas, con pastos olorosos y viento libre, patos que vuelan bajo y una presencia de lejanía que cuesta asociar con la idea de que se está a media hora de plaza de Mayo.

En Entre gringos y Jailaifes, se agruparon básicamente fragmentos alusivos a la inmigración y a la vida e itinerarios de las clases llamadas acomodadas•.
Borderland, da cuenta de la transgresión de límites: algunos morales, como en Nacha Regules, en la frontera de la mala y la buena vida; otros físicos, como los orilleros y su Maldonado. Ciertos fragmentos aludirán a los que han pasado al otro lado de la ley, como se dice, y, otros, finalmente, a los que están en el confín entre la intemperie y el resguardo de una cama por un peso.
Bajo Ciudad sin tregua convergen textos de marcado corte político y los de Humano ardor giran en torno a ciertos modos del amor -en su mayoría, del amor masculino que insiste en practicar algo así como un apretado arco que va del flechazo a la golpiza-.
En La Ida y La Vuelta, los dos fragmentos refieren un tema tan querido a los habitantes de las ciudades: la fuga y el retorno.
El placer de vagabundear, no necesita de mayores explicaciones y, por último, | Final del juego, fue construido como una coda: algunos fragmentos retoman motivos e historias esparcidos a lo largo del libro y, otros, apuntan hacia el efecto de un desenlace.

I Pampa bárbara
José Mármol, Amalia (1851) | Esteban Echeverría, El matadero (1837) | Juana Manso, Los misterios del Plata (1846) | Jorge Luis Borges, “La señora mayor” (1970) | Lucio V. Mansilla, Mis memorias (1904) | W.H. Hudson, Allá lejos y hace tiempo (1911) | Juana Manuela Gorriti, “Espiritismo” (1878) | Leopoldo Marechal, Adán Buenosayres (1949) | Atilio Chiáppori, “El camino” (1930) | Oliverio Girondo, Interlunio (1937).

II Entre gringos y Jailaifes
Eugenio Cambaceres, En la sangre (1887) | Federico Grandmontagne, Teodoro Foronda (1896) | Francisco Sicardi, Libro extraño (1895) | Antonio Argerich, ¿Inocentes o culpables? (1884) | Eugenio Cambaceres, En la sangre (1887) | Manuel Peyrou, Acto y ceniza (1960) | Benito Lynch, Las mal calladas (1923) | Juan José de Soiza Reilly, La ciudad de los locos (1910) | Carlos María Ocantos, Quilito (1892) | Segundo Villafañe, Horas de fiebre (1891) | Victoria Ocampo, El archipiélago (1952) | César Duayen (Emma de la Barra), Stella (1906) | Eduarda Mansilla, “El gran baile del Progreso” (1879) | Lucio V. Mansilla, Entre-nos (1889) | Manuel Mujica Láinez, “El salón dorado” (1950) | Enrique González Tuñón, “Tiendas de ultramarinos” (1941) | H.P. Blomberg, El chino de Dock Sur (1920) | Raúl González Tuñón, “Eche veinte centavos en la ranura” (1922) | Manuel Podestá, Irresponsable (1889) | Isidoro Sagüés, Mal de ciudad (1944) | Conrado Nalé Roxlo, “Bestiario” (1979) | Leónidas Barletta, Royal Circo (1927) | Ezequiel Martínez Estrada, “Payasos y fieras” (1940) | Martín Aldao, La novela de Torcuato Méndez (1912) | César Duayen (Emma de la Barra), Stella (1906) | Niní Marshall, “Un paseo encantador” (circa 1960) | Estanislao del Campo, Fausto (1866) | Eugenio Cambaceres, Pot-pourri (1882) | Lucio V. López, La gran aldea (1884).

III Humano ardor
Antonio Argerich, ¿Inocentes o culpables? (1884) | Francisco Sicardi, Libro extraño (1895) | Eugenio Cambaceres, Sin rumbo (1885) | Victoria Ocampo, La rama de Salzburgo (1952) | Eduardo Mallea, La bahía de silencio (1940) | Ernesto Sábato, Sobre héroes y tumbas (1962) | Macedonio Fernández, Papeles de Recienvenido (1929) | Ernesto Sábato, El túnel (1948) | Norah Lange, Voz de la vida (1927) | Manuel Rojas, “Un espíritu inquieto” (1922) | Julio Cortázar, Los premios (1960) | Herminia Brumana, “¿La comprometo, señorita?” (1939) | Roberto Arlt, El amor brujo (1932) | Bernardo Verbitsky, Calles de tango (1953) | Adolfo Pérez Zelaschi, “Juan Manso” (1943) | Samuel Glusberg, “Don Horacio Quiroga, mi padre” (193…) | Roberto Arlt, “Noche terrible” (1926) | Roberto Mariani, “Lacarreguy” (1925) | Julio Cortázar, “Las puertas del cielo” (1951) | Ulises Petit de Murat, El miserable amor (1956) | Salvadora Medina Onrubia, Akàsha (1924) | José Bianco, La pérdida del reino (1972).

IV Borderland
Leopoldo Marechal, Adán Buenosayres (1948) | Julio Cortázar, “El otro cielo” (1966) | Bernardo Kordon, “Expedición al oeste” (1960) | Jorge Luis Borges, Evaristo Carriego (1930) | Arturo Cerretani, El deschave (1965) | Jorge Luis Borges, “Hombre de la esquina rosada” (1935) | Evaristo Carriego, “El amasijo” (1908) | Leopoldo Marechal, Megafón, o la guerra (1970) | Marco Denevi, Rosaura a las diez (1955) | Enrique Cadícamo, Café de camareras (1960) | Manuel Gálvez, Nacha Regules (1919) | Carriego / Olivari, “La costurerita que dio aquel mal paso” (1908 / 1925) | Horacio Quiroga, El gorila que asesinó (1909) | Juan Filloy, Op Oloop (1934) | Manuel Gálvez, Historia de arrabal (1922) | Joaquín Gómez Bas, Barrio gris (1946) | Valentín Fernando, De esta carne (1952) | Lorenzo Stanchina, Corrientes y Maipú (1960) | Fray Mocho, “El café de Cassoulet” (1897) | Enrique González Tuñón, Camas desde $1 (1932) | Borges-Bioy Casares, “La víctima de Tadeo Limardo” (1942) | Roberto Arlt, El juguete rabioso (1926) | Elías Cárpena, “El tacho y el cuatrero Montenegro” (1949)

V Ciudad sin tregua
Eduardo Gutiérrez, La muerte de Buenos Aires (1882) | Julián Martel, La Bolsa (1891) | David Viñas, Dar la cara (1962) | Esteban Echeverría, El matadero (1837) | Federico Grandmontagne, La Maldonada (1898) | Eusebio Gómez, “Salvador Planas y Virella” (1917) | Juan José de Soiza Reilly, El hombre misterioso (1921) | Arturo Cancela, “Una semana de holgorio” (1922) | Lorenzo Stanchina, Corrientes y Maipú (1960) | Bernardo Kordon, Reina del Plata (1946) | Manuel Gálvez, Hombres en soledad (1933) | Roger Plá, Los robinsones (1946) | Manuel Gálvez, Uno y la multitud (1953) | Andrés Rivera, El precio (1957) | Enrique Wernicke, “La ley de alquileres” (1958) | Jorge Masciángioli, El último piso (1957) | Marta Lynch, La alfombra roja (1962) | Julio Cortázar, El examen (1950).

VI La ida y la vuelta
David Viñas, Dar la cara (1962) | Julio Cortázar, Rayuela (1963).

VII El placer de vagabundear
Arturo Cancela, Historia funambulesca del Profesor Landormí (1944) | Juan Filloy, Op Oloop (1934) | Baldomero Fernández Moreno, “Caminar” (1965) | Roberto Arlt, Los siete locos (1929) | Santiago Dabove, “Tren” (1961) | Silverio Boj, Áspero intermedio (1941) | Eduardo Wilde, “Sin Rumbo” (1899) | Carlos Mastronardi, Memorias de un provinciano (1967).

VIII Final del juego
Roberto Arlt, “El placer de vagabundear” (1933) | Carlos María Ocantos, Quilito (1892) | Enrique González Tuñón, Camas desde $1 (1932) | H.A. Murena, La fatalidad de los cuerpos (1955) | Bernardo Verbitsky, Villa miseria también es América (1957) | Francisco Sicardi, Libro extraño (1895) | Roberto Arlt, Los lanzallamas (1931) | Jorge Luis Borges, “Emma Zunz” (1949) | Lucio V. López, La gran aldea (1884) | Bernardo Kordon, Reina del Plata (1942) | Adolfo Bioy Casares, El sueño de los héroes (1954) | José Mármol, Amalia (1851) | Silvina Ocampo, “Autobiografía de Irene”.


Liliana Lukin


Una Buenos Aires de novela II

“Si lo que usted insinúa es un velorio a la antigua, con flores y todas esas cosas, le recordaré que, de cualquier modo, al difunto se lo llevaban, aunque fuese un día más tarde”.
Divertido por mi irritación, el editor ironizó: “Sí, pero en la casa quedaba el fantasma.
¿O usted no cree en fantasmas?”. ¿Pretendía burlarse de mí?
Yo podía burlarme de él: “Por cierto que sí.

Sin cementerios, sin la conservación de los cuerpos, ni de sus cenizas, si el fantasma es el espíritu de un cuerpo privado de reposo, estamos elaborando más fantasmas que seres vivientes” Antonio Di Benedetto, Cuentos del exilio

Los fragmentos del apretado período representado en esta nueva antología sobre Buenos Aires, 1963-1983 (salvo algunas licencias), ponen de manifiesto propósitos estéticos y políticos definidos. Así como el primer tomo (1838-1963) tenía su fin en Rayuela, en éste es su comienzo explícito: toma cuerpo una tensión alrededor de Cortázar reflejada en continuismo, parodia o impugnación.
Aquella Buenos Aires pop sugerida en la anterior antología se pone en marcha aquí no sólo por la insistencia en ciertos itinerarios o temas sino por las formas de representación de la ciudad y la activación de procedimientos literarios: fragmentación, superación de límites clásicos entre los géneros, reelaboración de los discursos de los medios de comunicación de masas, etc. En el corazón de la escena: la intervención política y la relación entre los sexos. La imbricación tenaz de política y sexualidad impregna la mayor parte de los textos haciendo por momentos difícil su separación en secciones temáticas. Nos estamos refiriendo básicamente a los años sesenta y principios de los setenta. Luego, para decirlo como se dice dijo Germán García, “se pudrió todo”: el Golpe de estado de 1976 desbarata cualquier continuidad. Aquel límite de la censura –del escándalo (la ley moral)- de los 60 y principios de los 70 (La narración de la historia, Nanina, El frasquito) se ha transformado en terror (la no ley). La elipsis, lo autobiográfico, la reescritura de la historia, el género de “el dictador latinoamericano”, permitarán a algunos autores seguir construyendo su obra. La censura moral fue la punta del ovillo de una metodología de represión política y formó parte, desde el golpe de estado del 66, de un plan que terminó de cumplirse con el golpe del 76, esto dicho apuntado muy rápidamente.

Uno de los peligros de las antologías es la disolución de las diferencias. Se agrega, en este caso, por la época que nos ocupa, el que su lectura se oriente hacia el revival. Otro es perder, en aras del contenido, el derrame, torrente, o como quiera llamársele, de la escritura. Un riesgo evidente, e ingrato, en autores como Lamborghini, Pizarnik o Copi.
Muchos de estos textos pertenecen a una “novísima” generación. En su prólogo a la edición de 1987 de Las hamacas voladoras, Miguel Briante describe, brevemente, el caldo en que se cocinaba una nueva figura de escritor: “Todos -menos los que en ese tiempo publicaban en los tranquilos suplementos dominicales de la tradición y la propiedad- escribíamos libros más o menos urgentes, en los que lo autobiográfico se entreveraba con todo aquello que aprendíamos”. Si antes de los 60, el conflicto entre origen social y apropiación cultural aparecía raramente representado –a excepción de Roberto Arlt-, desde este momento se hace visible la pugna entre procedencia y “elevación”: el joven de Nanina lee desaforadamente a Cocteau, Gide, Sartre y Camus, “se cultiva” para conquistar la ciudad; Maruja se avergüenza de su padrino porque no conoce a Fellini y Antonioni; la joven que toma sol en el río, en la novela de Marta Traba, promete vengar su origen yéndose a París. En la presentación de su libro Roberto Arlt, yo mismo•, Oscar Masotta, dice:

“Yo había leído entonces todo lo que Merleau-Ponty había escrito, y me fascinaba ese estilo elegante, esa prosa consciente de su cadencia y de su ritmo, esa infra-conciencia del desenvolvimiento temporal de las palabras, ese gusto por el ‘tono’ o por la ‘voz’, esas insistencias de un fraseo a veces monotemático que entiende investigar las ideas acariciando las palabras. Amaba entonces esa prosa. […] Ahora bien, ese tipo de lengua aparece históricamente en sociedades muy jerarquizadas. La estructura propia de un orden social muy regimentado parece ser complementaria de la lengua de tonos. Una lengua de tonos, en una sociedad democrática, así, sería un impensable. Si se hiciera la experiencia de juntar una cosa con la otra el resultado tal vez sería alguna aberración: tal vez una sociedad de idiotas. Ahora bien, con mi libro pasaba algo parecido. Imagínense: emplear una prosa de ‘tonos’ para hablar sobre Roberto Arlt. […] Quiero decir, que entre yo y las novelas de Arlt había una relación más estrecha, más igualitaria, que entre un alto profesor universitario parisino, y que hablaba por lo mismo, y con derecho, desde la cumbre de la cultura (y no ironizo) y un hombre con las características de Hemingway. Arlt y yo habíamos salido de la misma salsa, conocimos los mismos ruidos y los mismos olores de la misma ciudad, caminamos por las mismas calles, soportamos seguramente los mismos miedos económicos… Brevemente: apoyándome en Sartre y en Merleau Ponty yo escribía entonces sobre Arlt. ¿Cómo decirlo? Cuando escribía mi libro en verdad me sentía un poco exótico […]. ¿Esa imagen sobre mí mismo (prosa de ‘tonos’ para escribir sobre Arlt) no tenía acaso mucho que ver con esa foto que se conserva de Arlt en Africa, vestido con ropas nativas pero calzado con unos enormes y evidentes botines?”

Bajo el título Vivir su vida y Vivir su vida 2 hemos incluido fragmentos que exploran la trama de los destinos personales (exigencia sumamente abarcadora). Sin aliento reúne los fragmentos eminentemente políticos y, bajo el parco VI: un corto pero contundente desfile de militares argentinos. Masculino / femenino, no necesita de explicaciones, aunque, a pesar de la tan mentada revolución sexual, no afloja mucho el tufillo falocrático. La Menesunda, título del happening realizado por Marta Minujin y Rubén Santantonín en el Instituto Di Tella en 1965, alberga básicamente textos “inactuales”, distanciados de la representación realista. En Chinatown, el policial toma la posta y, por último, bajo VIII [final] el mapa de la ciudad se urde con la noche, lo siniestro y el sueño.

Las libertades que nos hemos tomado no vamos a justificarlas, qué sentido tendría entonces haberlas tomado. Sólo una: la inclusión de El río sin orillas, de Juan José Saer. El relato de esa tormenta ocurrida en diciembre de 1989 aparentemente queda fuera del “artefacto” armado en la antología, y, sin embargo, este maestro de la narración la envuelve con su gran lluvia (“Semejante a una lluvia liberadora que afloja y disuelve la tensión de la atmósfera haciendo estallar brotes y pimpollos”, se lee en un antiguo libro). La noche en pleno día transfigura la ciudad volviéndola un objeto extraño y prodigioso, como lo son también algunos objetos literarios.

Vivir su vida
Libertella, Héctor El camino de los hiperbóreos (1968) | Futoransky, Luisa Son cuentos chinos (1983) | Viñas, David Cosas concretas (1969) | Rodrigué, Emilio Heroína (1969) | Masotta, Oscar El pop-art (1967) | Gudiño Kieffer, Eduardo Para comerte mejor (1968) | García, Germán Leopoldo Nanina (1968) | Uhart, Hebe La elevación de Maruja (1974) | Lamborghini, Osvaldo Sebregondi retrocede (1974) | Zelarrayán, Ricardo La piel de caballo (1975) | Sáenz, Dalmiro; Bo, Armando Intimidades de una prostituta (1974) | Casullo, Nicolás Para hacer el amor en los parques (1970) | Kociancich, Vlady La octava maravilla (1982) | Landrú “María Belén y Alejandra” (1966) | Traba, Marta Las ceremonias del verano (1966) | Roffé, Reina Llamado al Puf (1972) | Vanasco, Alberto Otros verán el mar (1977).

Sin aliento
Urondo, Francisco Los pasos previos (1972) | Gusmán, Luis El frasquito (1973) | Moyano, Daniel El trino del diablo (1974) | Gónzalez Trejo, Horacio Argentina: tiempo de violencia (1969) | Rivera, Andrés “Ajuste de cuentas” (1972) | Gallardo, Sara Pantalones azules (1963) | Losada, Alejandro Andá a cantarle a Gardel (1970) | Walsh, Rodolfo “El matadero” (1967) | Treviño, Pepe La carne podrida: el caso Swift-Deltec (1972) | Moreyra, Federico Los reos (1975) | Ford, Aníbal “Sumbosa” (1966) | Tizziani, Rubén Los borrachos en el cementerio (1974) | Cortázar, Julio Libro de Manuel (1973) | Mignogna, Eduardo “Información sumaria” (1973) | Cossa , Rozenmacher, Somigliana, Talesnik, El avión negro (1970) | Verbitsky, Horacio Ezeiza (1984) | Valenzuela, Luisa Cola de lagartija (1983) | Martínez, Tomás Eloy La novela de Perón (1985) | Puig, Manuel El beso de la mujer araña (1976) | Fogwill “La larga risa de todos estos años” (1982).

masculino / femenino
Absatz, Cecilia Té con canela (1982) | Almada Roché, Armando Buenos Aires cuándo será el día que me quieras. Conversaciones con Manuel Puig (1992) | Bullrich, Silvina Los salvadores de la patria (1965) | Matamoro, Blas Viaje prohibido (1978) | Constantini, Humberto “Bandeo” (1975) | Goligorsky, Lilian “Antes de nochebuena” (1974) | Urondo, Francisco “Amore mio santo” (1966) | Dal Masetto, Antonio Fuego a discreción (1983) | Medina, Enrique Con el trapo en la boca (1983) | Correas, Carlos “La narración de la historia” (1959) | Dos Santos, Estela “Las decisiones” (1972) | Lynch, Marta La señora Ordoñez (1968) | Sánchez, Néstor Nosotros dos (1967) | Asís, Jorge Flores robadas en los jardines de Quilmes (1980) | Guido, Beatriz Escándalos y soledades (1970) | Sabato, Ernesto Abaddón el exterminador (1974) | Gorostiza, Carlos Cuerpos presentes (1981) | Castillo, Abelardo “Crear una pequeña flor es un trabajo de siglos” (1976).

Vivir su vida 2
Conti, Haroldo Alrededor de la jaula (1966) | Orgambide, Pedro Hotel Familias (1972) | Briante, Miguel “Las hamacas voladoras” (1964) | Lastra, Héctor “En la recova” (1976) | Piglia, Ricardo “Una luz que se iba” (1967) | Heker, Liliana “Los que vieron la zarza” (1966) | Gilio, María Ester “Aquí Ringo Bonavena…, 53 kilos…” (1974) | Ferrando, Jorge Alberto “La puerta 12” (1973) | Conti, Haroldo “Como un león” (1967) | Migré, Alberto Rolando Rivas, taxista (1972) | Di Paola, Jorge “Uso horario” (1974) | Halac, Ricardo El soltero (1977) | Blaistein, Isidoro “Mishiadura en aries” (1971) | Martini Real, Juan Carlos Macoco (1974) | Gambaro, Griselda Madrigal en ciudad (1963) | Sánchez, Néstor El amhor, los orsinis y la muerte (1969) | Marechal, Leopoldo El Banquete de Severo Arcángelo (1966) | Manzur, Jorge “La florista” (1980) | Vázquez, María Esther Borges: imágenes, memorias, diálogos (1973) | Correas, Carlos Los reportajes de Félix Chaneton (1984) | Rabanal, Rodolfo El apartado (1975) | Battista, Vicente “Mañana de Tribunales” (1972) | Jitrik, Noé “El espejo” (1967) | Shúa, A. M. Soy paciente (1980) | Steimberg, Alicia Su espíritu inocente (1981).

La Menesunda
Borges / Bioy Casares “Esse est percipi” (1967) | Ocampo, Silvina “Malva” (1970) | Steimberg, Oscar Cuerpo sin armazón (1970) | Szichman, Mario A las 20:30 la Señora pasó a la inmortalidad (1980) | Lamborghini, Osvaldo Sebregondi se excede (1981) | Romeu, Horacio A bailar esta ranchera (1970) | Perlongher, Néstor “Evita vive” (1975) | Copi La vida es un tango (1979) | Pizarnik, Alejandra “La viuda del ciclista” (1971) | Laiseca, Alberto Los Sorias [1982].

VI
Walsh, Rodolfo “Esa mujer” (1965) | Martelli, Juan Carlos Los tigres de la memoria (1973) | Timerman, Jacobo Preso sin nombre, celda sin número (1982) | Viñas, David Cuerpo a cuerpo (1979) | Bonasso, Miguel Recuerdos de la muerte (1984).

Chinatown
Sastaurain,Juan Manual de perdedores (1983) | Tizziani, Rubén Noche sin lunas ni soles (1975) | Plaza, Ramón Salvar la cabeza (1979) | Fienmann, Juan Pablo Ultimos días de la víctima (1979) | Bioy Casares, Adolfo Diario de la guerra del cerdo (1969) | Martini Real, Juan Carlos Copyright (1982) | Aristarain, Adolfo Tiempo de revancha (1981) | Jamilis, Amalia “Húmedo día de julio”(1967) | Puig, Manuel The Buenos Aires affair (1973) | Martelli, Juan Carlos El cabeza (1977) | Sebrelli, Juan José Buenos Aires, vida cotidiana y alienación (1964) | Sinay, Sergio Ni un dólar partido por la mitad (1975) | Martini, Juan El cerco (1977).

VIII [final]
Gusmán, Luis Cuerpo velado (1978) | Gelman, Juan Exilio (1983) | Cohen, Marcelo El país de la dama eléctrica | (1982) | Puig, Manuel Pubis angelical (1979) | Moyano, Daniel Libro de navíos y borrascas (1983) | Piglia, Ricardo Respiración artificial (1980) | Cozarinsky, Edgardo “Viaje sentimental” (1985) | Aira, César La luz argentina (1983) | Saer, Juan José El río sin orillas (1989) | Molloy, Silvia En breve cárcel (1981).